Los casos de ejemplaridad, los hechos que nos provocan una franca admiración -tanto si provienen de un individuo como si lo hacen de un grupo social- son cada vez menos frecuentes entre nosotros. O quizá no sea así, tal vez ocurre que hemos perdido la capacidad de percibirlos, sofocados por tanta insolencia escandalosa. Quisiera, recordando a Carlos Gorostiza y su trayectoria pública, con inclusión de un episodio (singular por la fecha) que compartí con él, recuperar ese don de reconocimiento, ese retorno a la esperanza.

Ya sabemos que Gorostiza murió en Buenos Aires el 19 de julio, a los 96 años; y que fue una de las figuras señeras de la dramaturgia argentina. Quizá podría decirse, sin que a él le hubiesen importado tales títulos, que fue la cabeza de una generación de autores teatrales que se fue consolidando a mediados del siglo XX. Es decir, los restos del costumbrismo más una vigorosa escena realista. Gorostiza, con El puente (1949), fue el principal encargado de abrir ese camino, más tarde impregnado por el realismo norteamericano y la vanguardia europea, con nombres como Griselda Gambaro, Roberto “Tito” Cossa, Osvaldo Dragún y Ricardo Monti.

Hablábamos de ejemplaridad.

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La de Gorostiza alcanzó tanto su trabajo de creación artística como su vida civil. Los dos aspectos fueron tenidos en cuenta en tiempos de la última dictadura militar. Fue uno de los impulsores de Teatro Abierto (1981-82), el festival teatral que atacaba los fundamentos mismos de la dictadura, con su crítica implícita (y a menudo explícita) al régimen militar, que todavía conservaba buena parte de su poder.

Aunque conocí a Gorostiza e hice cierta amistad con él en los años 70, nuestra relación se afirmó a partir de 1982, que trajo la derrota en las islas a Malvinas y, a continuación, el levantamiento de la veda política y la virtual disolución de la dictadura.

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Los dos, como tantos otros, decidimos dejar de lado la neutralidad política, y nos afiliamos a la Unión Cívica Radical, y dentro de este partido tradicional resolvimos militar en el Movimiento de Renovación y Cambio, encabezado por Raúl Alfonsín.

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Otros tiempos…

Lo que sigue es conocido. Formamos un “taller” de casi un centenar de integrantes (mencionaré solo a Manuel Antín, Santiago Kovadloff, María Esther de Miguel, Pacho O’Donnell, Luis Brandoni, Marcos Aguinis, Iván Cosentino, Aída Bortnik, Alejandra Boero, Eduardo Belgrano Rawson y Jorge Aulicino, entre muchos otros), con la intención de trabajar en la construcción de una plataforma cultural, por primera vez autónoma y abarcadora.

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Alfonsín ganó las elecciones, casi todos los nombrados ocuparon cargos públicos, y a Gorostiza le tocó el más importante: Secretario de Cultura.

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Renunció a los dos años, probablemente abrumado por la burocracia estatal, tan distinta de la movilización artística.

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¿Hace falta decir que no se llevó un centavo de más, que no necesitó deambular por tribunales, y que a nadie se le ocurrió poner en duda su honestidad?

Y ahora, el pequeño episodio que me concierne personalmente, y que completa este retrato sumario.

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Gorostiza, desde que nos conocimos, se empecinó en tomar en cuenta mi juicio crítico, y me enviaba los originales de sus ficciones (cuentos y novelas que escribía robando tiempo a su actividad teatral, y con las que llegó a ganar el Premio Nacional de Novela en 1976, y el Premio Planeta en 1995), para que los leyera y le diera mi opinión.

El 10 de mayo -no hace todavía tres meses- me llegó, por intermedio de otro amigo muy querido, al que llamaremos M., un libro inédito de Gorostiza, que este vacilaba en mandarme, lo que el otro amigo hizo por él.

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Véanse algunos e-mails que cruzamos esos días: 10/06/2016, de Gorostiza a mí: “Luis, M. es un entusiasta. Cuando le conté que pensaba enviarte una copia de mi trabajo (para no perder la costumbre de otras épocas, cuando te pedí que criticaras otros trabajos míos), con mucho entusiasmo se ofreció a enviarte una copia él mismo.

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No supo mantener su fogosidad de colega y supongo que ya la copia estará contigo. No lo trates mal, porque quiero mucho a este Narciso? Uno de estos días te llamaré para que me castigues sin pudores por este pequeño atrevimiento literario”.

En los días que siguieron leí el original del libro, titulado (modernamente) De Narciso a las “selfies” , una especie de ensayo heterodoxo y muy bien escrito, que hacía un repaso irónico de la historia universal y de la imagen que el hombre va dibujando de sí mismo, y todo articulado, atado al principio y al final por la mítica figura de Narciso.

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Festejé la lectura, y me pareció que debía contestar en buena ley. Esto es parte de lo que respondí, el 19/05/2016: “La historia de Narciso se sostiene perfectamente, los datos evolutivos se ensamblan con gracia? pero lo que considero notable, lo que me ha regalado más placer al leerlo, es el lenguaje, el tono y el modo de la escritura? Elaboraste un idioma abierto, fresco, en el que la aparente sencillez esconde una larga experiencia de vida?”.

Nunca pensé que Gorostiza respondería así, al otro día: “Querido Luis: después de haber leído tus comentarios de ayer, fue tal la emoción que no pude enviar una línea para agradecerte? Hoy ya puedo respirar más tranquilo y tus conceptos me impresionaron especialmente? porque esforzándome para esquivar los impulsos de mi ego, debo reconocer que esos conceptos coinciden con los propósitos de mi trabajo? Gracias, Luis.

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Estoy muy feliz”.

Un mes después, Gorostiza ya no estaría con nosotros. Es una manera de decir. Su lúcido y perspicaz libro sobre Narciso y nuestra civilización seguramente se publicará y se leerá. Celebraremos al autor teatral en El puente , El pan de la locura , El acompañamiento y tantas otras piezas.

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Y recordaremos sus inteligentes, amistosos y humildes (pero sin exagerar) 96 años, esos 96 años capaces de entusiasmarse con un libro o con un amigo, y de sentir emoción hasta el final.

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Ese también es un buen ejemplo.

LA NACION Opinión.

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Con información de: La Nacion

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