No hace falta indicar que las marchas de anteayer no requirieron de colectivos ni choripán. Detalles más interesantes revelan su espontaneidad. Sólo gente muy lejana a la política profesional puede convocar a vecinos de clase media un sábado, mientras juega Boca, en la semana en que se anunció una suba del gas, y apostar a un éxito.

Lo raro es que fue un éxito.

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Hay un detalle más curioso para entender que se trataba de una expresión cívica, ajena a un patrón convencional.

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El objetivo de cualquier organización que promueve una concentración es impactar con el número de asistentes.

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Es el modo de demostrar representatividad. Sin embargo, en las marchas de anteayer los asistentes entraban y salían del punto de reunión. Circulaban. No obedecían a la pretensión más marcada del poder: retener. Imposible saber cuántos fueron. La inmensa mayoría era itinerante.

Este aspecto del fenómeno es crucial para desentrañar su significado.

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Fue un acto de apoyo al Gobierno, pero antes fue una afirmación de la propia ciudadanía. La genealogía de estas movilizaciones se remonta a un tiempo anterior al actual oficialismo. Remite a una secuencia que se inició con el inesperado cacerolazo del 13 de septiembre de 2012. Cuando Mauricio Macri no era siquiera candidato. Ni Sergio Massa había derrotado a Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires.

La autonomía de estas irrupciones insinúa que quienes las realizan no son la clientela de un gobierno o un partido.

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No son los dirigidos de un grupo de dirigentes. Más que prestar apoyo, formulan un mandato. Quien pareció entender mejor este rasgo fue Marcos Peña cuando, dialogando con Mirtha Legrand, comentó: “Ahí están nuestros jefes”.

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El problema es que se trata de una jefatura enigmática. Es difícil precisar sus órdenes. Es difícil obedecerla. El oficialismo cometería un grave error si viera en esa multitud una masa disponible para disputar con sus adversarios el control de la calle.

El Gobierno fue el principal sorprendido con lo que sucedió.

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Sus líderes estaban angustiados porque hubiera poca concurrencia. Algunos intentaron convencer, sin demasiado éxito, a tuiteros famosos para que invitaran a sus seguidores.

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Muchos funcionarios aclararon que la administración no tenía nada que ver con lo que sucediera. Nadie apostaba a un suceso. La prueba es que los radicales no llevaron militantes con banderas. Esa falta de picardía afectó también al sindicalista Gerónimo “Momo” Venegas, que movió a su gremio.

El oficialismo se quedó corto.

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No previó la masividad. Ojalá no se quede corto en la interpretación de la demanda. Si es verdad que son los continuadores de los cacerolazos, los que fueron a las plazas no lo hicieron por el cepo, la energía o los kilómetros de rutas.

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Es más probable que sueñen con una regeneración de la democracia. “Es la República, estúpido”, diría Carville.

Hay otro factor que explica la dimensión del movimiento.

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Lo sugirió ayer Juan José Campanella: “Esta histórica marcha no hubiera sido posible sin las motivadoras palabras de Hebe, Baradel, Daer, CFK y tantos otros.

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¡A ellos, gracias!”. Este reconocimiento hacia estas nuevas morsas cobija una mayor complejidad. Las movilizaciones opositoras, identificadas con las figuras mencionados por Campanella, han sido el insumo de un relato cuyo argumento principal es el siguiente: la administración de Macri tiene un déficit de legitimidad porque, como explicó Cristina Kirchner antes de dejar el poder, los votantes fueron engañados por los medios; esa falla originaria aparecerá ante la menor dificultad, determinando la caída.

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Las concentraciones opositoras son, para ese punto de vista, la corroboración de esa profecía: el “pueblo” ocupa el espacio público para enfrentar la inconsistencia democrática del Gobierno.

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Esta lectura se radicalizó en las últimas dos semanas. Un grupo de militantes recibió a Macri en Amsterdam con la leyenda “Sos la dictadura”. Y Hebe de Bonafini acusó a Estela de Carlotto de traidora por reunirse con María Eugenia Vidal, “la asesina de nuestros hijos”.

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En el caso de Bonafini es innecesario aclarar “sic”. La reivindicación de las organizaciones armadas hace juego con esa confusión entre Cambiemos y el terrorismo de Estado.

Es probable que, en este contexto, los que tomaron las plazas se hayan levantado contra la propensión, tan típica de la izquierda populista, de reclamar para sí el monopolio de la voluntad ciudadana.

El Gobierno tomó la marcha como una inyección de vitalidad.

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Desde febrero Macri padece un infierno astral que tarda en superar. Por el error con los jubilados, el escándalo del Correo y, sobre todo, la caída de las expectativas que consignaron las encuestas.

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Esa racha fue seguida de las protestas opositoras. Y por una candorosa percepción de que los adversarios “racionales” no son tan solidarios como prometían.

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El impacto subjetivo de esos episodios no se compensa con likes de Facebook o algún “¡fuerza!” en un timbreo.

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Por eso la presencia de personas de carne y hueso en las calles tuvo, en Macri y su entorno, un efecto emocional más fuerte que el que podía presumirse.

¿Qué consecuencias cabe esperar? Es probable que la adhesión de la calle, que expresa a los simpatizantes más duros, confirme a Macri en una hipótesis: el oficialismo debe mostrarse combativo.

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Él alienta la batalla de María Eugenia Vidal con el gremialismo docente, y aplaudió la desconocida agresividad de Peña en el Congreso, con su “háganse cargo”.

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Durante el viaje a Holanda, Jorge Triaca lo reforzó en ese espíritu: “Si no nos defendemos, nadie nos va a defender”.

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Triaca enfrenta el paro de este jueves, cuyo sentido también cambia luego de la marcha. La opción por la firmeza apareció hace dos semanas, durante una reunión de gabinete. Fue cuando Macri defendió a Patricia Bullrich, a quien le reprocharon haber dicho que el piquetero Emilio Pérsico llega siete veces a fin de mes.

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Y volvió a surgir el viernes: contra las salvedades técnicas de Susana Malcorra, el Presidente quería pedir la expulsión de Venezuela del Mercosur.

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Es lógico. Los astros se le habían alineado: quienes lo llaman dictador callaron frente al nuevo desborde de Nicolás Maduro.

Es probable que Macri lea las últimas encuestas a la luz de este nuevo estilo.

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Jaime Durán Barba le comunicó una recuperación de 3 puntos. Y Emilio Monzó le leyó un estudio de Aresco según el cual 30% del electorado lo votaría aun sin que se advirtieran resultados económicos.

Macri está condenado a la confrontación.

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Aunque el nuevo eslogan de Durán Barba sea “Juntos”, aunque declame la “unidad de los argentinos”. La marcha agudiza la polarización. Eclipsa a quienes creen, como Sergio Massa o Florencio Randazzo, que hay un espacio para oponerse al Gobierno y al kirchnerismo al mismo tiempo.

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En definitiva, fortalece una campaña diseñada para prolongar el ballottage.

En esta nota: Mauricio Macri LA NACION Política.

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Con información de: La Nacion

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