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GG FRANCISCO VELASQUEZ GAGO GG// Argumentos a favor de la supresión de un concepto inútil

El populismo, ha llegado a ser todo lo que no nos gusta en la política. Hay tantas definiciones de populismo como autores que han escrito sobre populismo Las democracias de nuestro tiempo se encuentran amenazadas, particularmente en la periferia europea (Rusia y Turquía) en el Este de Europa (Polonia y Hungría), en el Reino Unido del Brexit, probablemente en la Francia de la Le Pen y en la Alemania de la AfD hasta llegar a los EE UU de Donald Trump

La mayoría de quienes se refieren a esos peligros nos hablan en distintos tonos de la amenaza populista. 

Populismo se ha convertido en un “concepto regulativo” (Kant) destinado a designar a procesos, movimientos y partidos con características similares: a saber, el extremo nacionalismo, la xenofobia, la homofobia, y muchas otras. Se trata de nuevos actores que interpelan a sectores sociales atemorizados frente a la ola migratoria proveniente del Oriente Medio como consecuencia de las guerras desatadas por el ISIS y los bombardeos realizados por el eje Siria-Rusia

Sin embargo, no pocos hacen extensivo el calificativo de populista a movimientos y partidos que avanzan desde la izquierda no tradicional como son Podemos en España y Siriza en Grecia.

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Por lo mismo, nos hablan de populismos de izquierda y populismos de derecha. Otros podrán a hablarnos, además, de populismos religiosos y de populismos laicos. Ahí comienzan los problemas. 

El concepto populismo, al aludir a todos los partidos, movimientos y líderes que de una u otra manera apelan al pueblo desde dicotomías no tradicionales (izquierda/ derecha, conservadores/ liberales, demócratas/ republicanos) hace imposible que dicho concepto cumpla una mínima función regulativa. 

Hoy, todo lo que no se ajuste al ideal de la sociedad perfecta (Aristóteles) o al de la sociedad abierta (Popper) o al de la sociedad intercomunicativa (Habermas) se convierte, casi por arte de magia, en populismo.

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Así la palabra populismo puede ser usada para designar lo que cada autor considere conveniente. El populismo, ha llegado a ser todo lo que no nos gusta en la política. Hay tantas definiciones de populismo como autores que han escrito sobre populismo. La palabra populismo ha llegado a ser una dama para todo servicio.

Para unos, populismo se define por la apelación al pueblo. Pero ¿puede concebirse la política sin apelar al pueblo? Para otros, por la relación masa –líder carismático.

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Pero ¿puede haber un movimiento sin líder y sin carisma? Si así fuera, Hitler y Mandela serían lo mismo, ambos eran líderes y poseían carisma.

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No faltan los que afirman que el populismo es un fenómeno surgido al margen y/o en contra de las instituciones tradicionales.

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En ese caso Walesa sería populista porque Solidarnos surgió al margen de la institucionalidad y Trump no sería populista porque su candidatura surgió desde el partido republicano, partido fundacional de la nación.

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Hay quienes han escrito que Trump es igual a Chávez, otros que es igual a Pablo Iglesias (al final Trump termina siendo igual a todo lo que nos disgusta). 

Por supuesto, no han faltado quienes calificaron a Obama de populista, así como el  Wall Street Journal  calificó a Hilary de populista.

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Pero otros afirman que el populismo se define por su exceso de autoritarismo y bajo nivel de tolerancia.

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A partir de ese criterio, Kim Jing- Um, los Castro, Pinochet, y hasta Calígula serían populistas. 

No faltan quienes ven en el populismo un levantamiento en contra de la democracia.

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Si es así, el populismo de los populismos, el de Perón, no sería populista pues se levantó contra cualquiera cosa menos en contra de una democracia.

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Esa fue la razón por la cual Ernesto Laclau vio en el peronismo ciertas posibilidades democráticas las que después hizo extensivas al kirchnerismo e incluso al chavismo.

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Posteriormente concibió al populismo como una lógica de la acción política. Una que no se define por sí misma sino por un adjetivo (populismos fascistas, populismos religiosos, populismos nacionalistas, todo lo que usted quiera).

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Al populismo antidemocrático hay que oponer entonces un populismo democrático afirmó en consonancia con Laclau, Chantal Mouffe, en un artículo muy reciente aparecido en El País ( El Momento Populista ).

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El problema es que al agregar a cada populismo un atributo o adjetivo, convertimos al populismo en un sustantivo, en una sustancia o en una “cosa”.

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Efectivamente: leyendo a algunos autores dedicados a analizar al fenómeno populista, se tiene la impresión de que el populismo no es un atributo sino una cosa en sí.

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Sin embargo, desde el punto de vista político la cosificación del populismo resulta una operación problemática. 

Pongamos un ejemplo.

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Los movimientos antidemocráticos europeos tienen todos un punto en común: son racistas. Pero si convertimos al racismo en un atributo del populismo, lo principal se convierte en secundario y lo secundario en principal.

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El peligro principal que representa el renacimiento del racismo pasaría a convertirse en algo de menor importancia frente al populismo.

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Y así desactivamos de paso la peligrosidad inminente del racismo. 

Por si fuera poco, al subsumir realidades diferentes bajo un denominador común, dejamos de lado a la historicidad de cada situación.

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Si por ejemplo Trump es populista y Pablo Iglesias es populista, deber haber una relación de identidad entre Trump e Iglesias.

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Por supuesto, la hay. Pero la hay como la hay entre una hormiga y un elefante: ambos tienen cabeza y ojos, ambos se mueven, ambos caminan en hileras y ambos mueren.

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Ergo: una hormiga es igual a un elefante. 

Pero entre la hormiga Iglesias y el elefante Trump hay, convengamos, ciertas diferencias.

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El problema es que subsumidas bajo el concepto de populismo estas se vuelven irrelevantes. En la oscuridad de la noche populista todos los gatos son negros. Los elefantes y las hormigas también.

No sea fácil despedir al concepto de populismo de las escenas académicas y políticas. Hay académicos que han construido su carrera alrededor de ese concepto. Y en el espacio político siempre va a servir de comodín. En las futuras luchas electorales que se avecinan en Alemania, por ejemplo, las fuerzas democráticas alineadas en torno a Ángela Merkel, a fin de no caldear el ambiente, no se referirán a sus enemigos principales como lo que son: racistas.

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Resulta más fácil llamarlos populistas. La palabra, al fin, saca de apuros.

Pero en el espacio del pensamiento, y en ese nos movemos muchos, no podemos permitir que un concepto que ha perdido su significación (si es que alguna vez la tuvo) siga ocupando el lugar central que hoy ocupa. 

Como paradoja, la palabra populismo –para decirlo con los mismos términos de Ernesto Laclau- se ha convertido en un significante vacío, un significante que al aludir a tantas cosas diferentes, ha perdido su significación.

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Quizás no hay nada más populista que la palabra populista.

Por las razones mencionadas y por otras no mencionadas, solicito ante usted, su señoría, eliminar del vocabulario histórico, sociológico y politológico, la palabra populismo.

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Y ojalá para siempre. No sirve para nada.

Este medio no se hace responsable por las opiniones emitidas por sus colaboradores.

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Con información de: Tal Cual

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