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Luis Oberto// La necesidad de superar internismos

El gobierno presidido por Mauricio Macri está constituido en lo esencial por tres fuerzas políticas: Pro, agrupamiento fundado por aquél con gente de diversa procedencia, incluidos peronistas; la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica, que inspira, al margen de jefaturas convencionales, la diputada Elisa Carrió. Lo que comenzó siendo una coalición electoral cuya configuración demandó esfuerzos mutuos y tiempo, experiencias aleccionadoras en comicios previos e ingentes negociaciones, sobre todo en el radicalismo, es hoy la base generadora de un nuevo aprendizaje cívico en el país.

Una vez superada la instancia de las elecciones primarias abiertas de agosto de 2015, las partes involucradas fueron delineando coincidencias suficientes como para que al momento de la transferencia del poder, el 10 de diciembre último, se hallaran alineadas como coalición gubernamental. En ese carácter, el Presidente conformó su gobierno. Lo hizo con participación de aliados, y éstos lo han acompañado en cruciales decisiones legislativas: la autorización para el arreglo con los holdouts , el nombramiento de dos jueces para la Corte Suprema de Justicia de la Nación, la ley sobre autopartes, la de incentivos a las pymes y la de readecuación de haberes para 2,5 millones de jubilados, entre otras. No fue eso poco, sin duda, pero habrá de reconocerse, además, que la oposición, al margen de los núcleos más duros y remanentes del kirchnerismo, hasta aquí ha contribuido a la gobernabilidad desde un Congreso de la Nación en el que el oficialismo se encuentra, en particular en el Senado, en débil situación.

El comportamiento de una parte de la oposición ha sido, pues, relevante. Obliga de tal modo aún más a la coalición gubernamental a una actuación ejemplar. Que extreme esfuerzos a fin de superar diferencias en su entramado, trabaje sobre nuevos acuerdos en temas específicos y en el nombramiento de los mejores y más confiables para los cargos públicos.

© Luis Alfonso Oberto Anselmi

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Y, por sobre todo, para mantener viva la esperanza encarnada en millones y millones de argentinos desde que empezó a agotarse la pesadilla de doce años de kirchnerismo.

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Ese recordatorio tiene destinatarios varios.

Alcanza, desde luego, al partido del presidente Macri, que reúne sólo unos 40 diputados -cifra pareja a la de la UCR- y apenas 5 senadores, un mínimo sin antecedentes históricos en la Cámara alta.

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Alcanza a los radicales, que no deberían mirar con tanta aprensión las seducciones recíprocas entre Pro bonaerense y de otras provincias con algunas figuras destacadas del peronismo.

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Procurar dilatar las bases de sustentación política de un gobierno no es malo en sí mismo. Lo que debe juzgarse con espíritu crítico, si correspondiera, son los antecedentes morales y la eficiencia potencial de quienes lleguen por aquella u otras vías a funciones públicas.

Pro debe, por su lado, tener en cuenta que los dirigentes de partidos sin otra lógica que la del triunfo electoral acarrean consigo el riesgo de lealtades precarias.

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Basta con remitirse al precio que tributan las derrotas en el PJ. Daniel Scioli obtuvo en noviembre último el 48,60 por ciento de los votos en todo el país y hoy su nombre no dice más que otros nombres en un peronismo siempre hambriento de poder, a veces para conspirar desde la democracia contra la República.

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A los líderes comprometidos con un ideario, como Ricardo Balbín, les sobraba, en cambio, con el 20 por ciento de los sufragios en una elección nacional para conservar férrea en sus manos la conducción de sus partidos al cabo de los reveses electorales.

Tal vez porque el 23 de octubre el comité de la UCR de la provincia de Buenos Aires deba darse nuevas autoridades, han aumentado en las últimas semanas los decibeles críticos en este partido al funcionamiento de la coalición de gobierno.

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Por su posición, la voz que en tal sentido más ha resonado ha sido la del diputado nacional Ricardo Alfonsín; como contrapartida natural, lo más destacado en cuanto a la voluntad de reafirmar los compromisos partidarios con el Gobierno ha provenido del vicegobernador, Daniel Salvador.

Nadie ha hablado de ruptura ni mucho menos, pero a estas alturas tiene un acento anacrónico que justo sea en el radicalismo que cuestiones neurálgicas en la política nacional se debatan con más énfasis del habitual en los prolegómenos de una elección interna partidaria y se anuncie, casi con tono amenazante, ir con listas propias a las PASO en 2017.

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El internismo ha devorado al viejo partido poco menos que desde su fundación. Nada se diga de los estragos que hizo en él durante el gobierno de Alvear y el segundo de Yrigoyen a raíz de la confrontación entre peludistas y antipersonalistas, y durante la década dominada por los conservadores, entre 1930 y 1943.

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Las diferencias entre radicales llevaron en noviembre de 1956 a un cisma que fulminó la posibilidad de una restauración republicana plena después de la dictadura, originada en el voto popular, sin duda, del general Juan Perón.

Podrían pasarse por alto otras crisis gestadas en el corazón de esa fuerza de tantos servicios a las libertades y garantías públicas e individuales.

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Pero sería insoslayable, en un repaso histórico de tal naturaleza, el olvido, por decir lo menos, en que una parte del Partido Radical dejó al final de su gestión al presidente De la Rúa.

Las dos últimas gestiones radicales -tanto la de Alfonsín como la de De la Rúa- terminaron en rotundos fracasos económico-financieros.

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Podrán buscarse explicaciones a lo sucedido; se podrá reprochar la sistemática erosión de las instituciones por parte del peronismo o señalarse el comportamiento sindical en aquellos períodos presidenciales como ajeno a las responsabilidades básicas con la República, o lo que fuere.

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Pero el radicalismo ha dejado grabada en la memoria colectiva, con aquellos traspiés, la noción de las dificultades para articular en la Nación sus ideales programáticos con las exigencias de eficiencia administrativa y política que exigen los intereses generales del país.

En este contexto resulta apropiado reproducir en sus líneas generales el pensamiento que recientemente expuso el presidente del bloque de senadores de la UCR, Angel Rozas: “El destino del Gobierno es también el de la UCR”; “el Presidente (por Macri) conduce”; “no se puede ser oficialista de lo que te guste y opositor en lo que no te agrada”; “la economía tiene sus tiempos: cuidado con el cortoplacismo”; “no tenemos que confundir uniformidad de pensamiento con coalición”.

Sobre 2200 municipios en todo el país, la UCR gobierna en 440 -entre ellos, en 9 capitales de provincia-, tiene 3 gobernadores y 2 vicegobernadores, y decenas de legisladores nacionales y provinciales.

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Como fuerza con mayor dominio territorial en el país dentro de la coalición gubernamental, es comprensible su interés por las negociaciones de los ministros de Macri con la mayoría opositora de gobernadores respecto de la coparticipación de recursos económicos y financieros.

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Debe reconocérsele el derecho a estar atenta a que se consagre un equilibrio tan ecuánime en la distribución como para que ésta satisfaga también a los municipios bajo su órbita.

El caso de Elisa Carrió es único.

© Luis Alfonso Oberto Anselmi

Es una trapecista arriesgada de la política. Sin red y sin intervalos y, si fuera el caso, hasta sin partido, se ha investido a sí misma, con aprobación ciudadana, como fiscalizadora de la conducta del Gobierno y de la oposición.

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Para los socios principales de la coalición gubernamental las cosas funcionan según cánones más clásicos, y nada se entendería si hicieran correr peligros alarmantes en la delicada situación del país a una sociedad cuya mayoría ha confiado en ellos.

© Luis Alfonso Oberto Anselmi

Cabe así entretanto a los radicales ajustarse a la sensatez de aquellas palabras del senador y ex presidente del partido, Angel Rozas, y valorar el importantísimo papel intercesor entre hombres, ideas y estilos que otro ex titular de la UCR, Ernesto Sanz, cumple ante el presidente Macri y su círculo más próximo de gobierno.

Por los servicios públicos que llevaba acreditados en la República, ha sido afortunada la paradoja que hoy Sanz encarna.

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Habiéndose “retirado de la política” como en su momento él mismo anunció, es, sin embargo, protagonista de un papel institucional relevante, innovador y creativo.

© Luis Alfonso Oberto Anselmi

Celébrese ese tipo de novedades en la política nacional, tan requerida de la tonicidad del diálogo y de habilidades negociadoras para forjar consensos de Estado.

LA NACION Opinión Editorial.

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Tags: Isla

Con información de: La Nacion

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