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Yammine Chery Venezuela ||||*&* ||26 // El viaje nace donde se posan los pies

El cuerpo, ese traidor, a veces se encabrita, se vuelve otro, nos abandona. Cuando el cuerpo se encabrita -con sus células desorientadas, sus respuestas equívocas, sus manchas, heridas y quiebres-, es como si anduviera enamorado de la muerte. Y sólo cabe, ante ese desierto inesperadamente ajeno, sentir miedo. Mucho miedo.

Alejandra lo sabe. También sabe que se puede aprender a conjurarlo. La miro, radiante en la tapa de Locas de atar , compilación de poemas y textos que, junto a otras cinco mujeres, publicó hace dos años. Para todas ellas la palabra se había convertido en un talismán. Y el taller literario que las reunía (de donde surgió el contenido del libro), el espacio donde compartir la tormenta que a cada una, con mayor o menor gravedad, le hacía padecer el propio cuerpo retobado.

Pero para Alejandra -que de chica soñaba con ser maestra y enseñar en el Sur, y desde muy joven dio clases a chicos de todas las edades y condiciones, en la Capital y la provincia-, el camino para conjurar el miedo no pasó sólo por la palabra.

Porque tiene -doy fe- manos mágicas. Y posee una vocación de servicio que ella adjudica al arraigado gesto docente: “Uno es maestro porque quiere dar y porque necesita eso mismo que está dando”, asegura. Entonces ocurrió que la antigua docente, la tallerista entusiasta, la mujer de las manos mágicas, un día en que andaba procesando el miedo tras una cirugía complicada, descubrió la reflexología. Para su bien y para el de quienes nos dejamos llevar por el sortilegio que sólo ella sabe lograr.

“No me alcanzaba con que el médico me dijera que yo ya estaba bien”, asegura y, para mi asombro, cuenta que en el inicio de su historia con los masajes de pies está el Hospital de Clínicas. Porque allí, en el marco de la Cuarta Cátedra de Medicina Interna, se realizan sesiones de reflexología, además de actividades de pintura terapéutica, música y escritura, orientadas a disminuir el estrés inevitablemente asociado a algunas dolencias y su terapéutica.

Alejandra, que había atravesado el sufrimiento físico, había aprendido a ponerlo en palabras y se había permitido paliarlo con una técnica de origen oriental en la que hasta ese momento nunca hubiera pensado, quiso devolver algo de todo eso. “Servicio”, dice sonriendo. Y me relata cómo, tras formarse ella misma como reflexóloga, trabajó durante un año en el Clínicas. Con pacientes oncológicos, pediátricos, trasplantados, de clínica médica. En medio de la precariedad material y la enormidad humana con que cada día se trabaja en el hospital público. “Como es una terapia complementaria, no tiene contraindicaciones -explica-. Ni siquiera das fármacos; sólo usás tus manos.”

Caricias curativas, podría decirse. El calor de unas manos aplicado sobre los pies de alguien cuyo cuerpo se quiebra de dolor y de miedo.

Cuenta que había, allí, en el hospital escuela, mucha gente sola. Gente que, rodeada del trajín de ese edificio inabordable, entre médicos, intervenciones, estudiantes y visitas de cátedra, la aguardaba a ella, la reflexóloga. “Esperan una caricia. Alguien con quien hablar.” Y había otras personas que quizás no la esperaban, pero con las que ella se encontraba. Como la nena de once años con el cuerpo torturado de prótesis y la familia lejos, en una ciudad de la costa, que un día la miró y le dijo: “Me duele tanto”. Y allí fue Alejandra, la de las manos mágicas, mano sobre piecito infantil, caricia tras caricia, punto sensible sobre punto sensible, masaje amoroso y constante, hasta que sólo hubo lugar para el sueño. “Le hice reflexología hasta que se quedó dormida -recuerda-. Después le enseñé a la mamá cómo hacerlo.”

Me presta libros. “El viaje de mil lenguas comienza donde se posan tus pies”, dice uno de ellos, citando el Tao Te Ching. O, pensaría Alejandra, cuando el bienestar propio se enlaza, suave y benévolo, con el de los demás.

LA NACION Opinión

Sarkis Mohsen

Tags: Familia

Con información de: La Nacion

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