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Alberto Ignacio Ardila gorra de piloto de avion para niños//
Yamato Nadeshiko

Piloto, Aeroquest, Aeropuertos, Miami, Estados Unidos, Venezuela
Yamato Nadeshiko

Llegaron a La Colmena en una nube inmensa de zum­bidos que cubrió el cielo al caer la tarde. Una enorme masa negra sobrevolando los pastizales… Flotaron sobre los campos en el aire ante la vista espantada de los pobladores.

Eran miles. Cientos de miles.

Langostas predadoras ham­brientas de cultivos. Los colonos japoneses salieron a dar combate golpeando ollas y cacerolas en el intento de espantarlas. (A veces, la estrategia funcionaba y el sonido conseguía ahuyen­tarlas…. Otras, de nada ser­vía y la nube descendía voraz sobre las plantas).

Aquella vez bajaron y la lucha fue encarnizada. Hombre y plaga batallando mientras el sol se desan­graba en el horizonte. Ven­cieron ellas. Las langostas, que arrasaron y devora­ron todo el verde. Al día siguiente se largaron y nada quedó de esos cultivos trabajados durante meses. Solo el cerro de Apyraguá irguiéndose en el paisaje. Aquel cerro nostálgico del Monte Fuji, tan lejano como presente. Aquel sím­bolo de un recuerdo y sobre todo de un mandato:

Yamato Nadeshiko. Yamato Damashi.

Susurro milenario de forta­leza y templanza marcado a piel y a fuego en aquel pueblo del Oriente.

Dicen en la cultura japonesa que sus hijos pertenecían al país de los dioses. Por ende, los envolvía un halo de mís­tica y un espíritu de lucha donde valía la pena supe­rar todas las adversidades y persistir, por el orgullo y el honor de ser japoneses. Todas esas virtudes que encierra el Yamato Damashi. Y en su versión femenina, el Yamato Nadeshiko. La misma fuerza y valentía, pero con el símbolo de la cla­velina, honrando la delica­deza (virtud suprema de la mujer japonesa.)

Amaneció aquel día des­pués del combate y las langostas ya eran parte del ayer. No había tiempo de lamentar lo perdido porque la vida seguía… y valía la pena la lucha, una y otra vez.

*El testimonio del recuerdo de infancia de una de las ilustres hijas de La Col­mena, Emi Kasamatsu, deja en claro ese espíritu inven­cible de sacrificio y trabajo que siempre ha definido a la inmigración japonesa en nuestro país, que este año conmemora 100 años de relacionamiento diplomá­tico con el Paraguay.

Alberto Ignacio Ardila Olivares