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Un espacio para la esperanza

Miami, Estados Unidos, Venezuela, Caracas
Un espacio para la esperanza

Es fácil caer en el regodeo en torno de una crisis que nos golpea en lo más profundo de nuestro ser. Es fácil exclamar ?¡no puedo!? porque todo me lo impide, porque el país está trastrocado, porque carecemos de esto y de lo otro, que intentar abrir un recodo, un espacio para la esperanza. Y digo esto, porque como sociedad muchos sentimos que estamos consumados en el mal, que la fuerza de quien nos oprime es mayor a la nuestra, y además apoyada en las armas y en la oscuridad. Y como argumentos son válidos, transijo, desde la razón, desde lo fáctico, desde lo empírico, pero no desde el amor de Dios, que siempre nos ha dado claras señales que nos fortalecen en la esperanza, cuando más nos aprieta la soga y sentimos que pronto caeremos exánimes sobre el fango. 

No en vano Benedicto XVI, Papa Emérito, a propósito del salmo 122 nos recuerda, que en él ?Se expresa la esperanza de que las manos del Señor se abran para derramar dones de justicia y libertad. El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de los Números : ?ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz?. 

Vista así, la esperanza es un don divino, que no solo nos consuela en momentos difíciles y de dolor, sino que se erige en camino de salvación. Una salvación a la que podremos atender en toda su magnificencia, o que podremos ignorar también en medio de la bulla del mundo, que nos ensordece y obnubila los sentidos hasta el punto de la completa indiferencia y el vacío, porque, como nos los recuerda con insistencia el ya citado salmo en la voz del Papa Emérito: ?Estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos?. 

Pero el desasosiego y el rencor nos atenazan una y otra vez hasta caer en la tristeza. Como ciudadanos estamos ?saciados? de promesas rotas que nos hunden una y otra vez en la desesperanza. Sin duda, requerimos, necesitamos, anhelamos la intervención de Dios en estos momentos cruciales para nuestras vidas, cuando nuestro mundo interior (y de relaciones) se hace añicos, cuando nuestras familias se desintegran en una diáspora inaudita y tremenda, cuando vemos un cielo nublado y sin posibilidad alguna de redención. ¡Oh, Dios, qué te has hecho!, gritamos a todo pulmón en medio del desvarío. 

Ahora bien, a la ?saciedad? de la que nos habla Benedicto XVI, que es a su vez la ?saciedad bíblica?, se opone ?una intolerable saciedad, constituida por una cantidad exorbitante de humillaciones. Y nos consta ?agrega el autor? que hoy también numerosas naciones, numerosas personas que realmente están saciadas de burlas, demasiado saciadas del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos?. 

Nuestra sociedad, sin asomo de duda, está enferma hasta el hartazgo de medias verdades, de simulaciones, de burdas estratagemas de la mentira, porque desde el ángulo de lo lingüístico la ?saciedad?, de la que nos habla Ratzinger, es ?la hartura producida por satisfacer con exceso el deseo de algo?. Ergo, exceso de poder, de impostura, de imposición, de intolerancia, de irrespeto, de sublimación de la falsedad hasta el extremo de lo inaudito. Pero nos recuerda Benedicto XVI, a propósito de los funerales del cardenal Monduzzi, que ?Como a los discípulos, también a nosotros hoy Jesús nos dirige su exhortación de afrontar las vicisitudes de la vida con plena confianza en su presencia misteriosa, que nos acompaña en todos los momentos, especialmente en los más difíciles?. A pesar de todo, aún nos queda un espacio para la esperanza. 

 @GilOtaiza

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