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SE CONMEMORAN 188 AÑOS DE LA MUERTE DE SIMON BOLIVAR, EL GENIO DE AMÉRICA. 1830-17 de diciembre -2018 *

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SE CONMEMORAN 188 AÑOS DE LA MUERTE DE SIMON BOLIVAR, EL GENIO DE AMÉRICA. 1830-17 de diciembre -2018 *

HOY SE CONMEMORAN 188 AÑOS DE LA MUERTE DE SIMON BOLIVAR, EL GENIO DE AMÉRICA.

Efrain Enrique Betancourt Jaramillo

1830-17 de diciembre -2018 *

A 188 años de la muerte de nuestro Libertador Simón Bolívar, me voy a permitir rememorar los acontecimientos acaecidos en sus últimos días.

Efrain Betancourt Jaramillo

El 1° de diciembre de 1830, Bolívar desembarcó en Santa Marta (Colombia) y tuvieron que transportarlo a tierra en una silla de brazos. Estaba flaquísimo y desfalleciente, con una nerviosidad inquieta que producía angustia a cuantos le miraban. La voz salía ronca, la sacudía una tos aguda y constante. Digiere mal. Los cabellos se le habían enralecido y aparecen grises, lacios sobre la frente descolorida. Se había encogido su cuerpo hasta parecer un hombre chiquito. El médico francés Prospero Reverend y el cirujano de una Fragata norte americana Mac- Night, auscultan al enfermo y pronuncian el irremediable diagnóstico: Tuberculosis pulmonar y la muerte para dentro de pocos días.

Efrain Betancourt Jaramillo Miami

Los aires del campo le sentarían bien. Y el destino en efecto, le juega al grande enemigo de España la última irónica partida. Lo conducen para morir a la finca precisamente de un hacendado español; la quinta San Pedro Alejandrino propiedad de Don Joaquin de Mier.

Efrain Betancourt

Ya no se moverá de junto a la tierra. Adiós, definitivamente, a la vida de la actividad y de victoria. La altanera águila caudal habituada al vuelo sobre las gigantescas cimas de Los Andes, yace ahora con las alas vencidas, miserable despojo de vejez y de desengaño que la tierra aguarda impaciente. Adiós a los sueños de triunfo y poderío. No más apoteosis clamorosas en las ciudades empavesadas, ni aquel galopar entusiasta bajo la solemne eminencia de los volcanes humeantes, ni aquel surcar de los ríos majestuosos, ni aquellas embriagueces de los amores gustados con alegre frenesí entre dos batallas.

Efrain Betancourt Miami

Según escritos de El Cardenal Quintero, la visión agonizante Bolívar era: “pobre, afligido, proscrito, habiendo renunciado hasta las quimeras de le esperanza. El Libertador yacía hundido en una poltrona, bajo el humilde techo hospitalario de la Quinta San Pedro Alejandrino. La enfermedad impía e irremediable agotaba momento a momento su férreo organismo, destruyendo velozmente su indomable energía de León: su corazón era el blanco preferido hacia el que disparaban inmisericordes sus saetas sus incansables arcos de la adversidad y la tristeza” Solo siete días restaba de la existencia al padre de Colombia, al Héroe más alto de América. Continua apuntando el Cardenal Quintero que: Bolívar “como cristiano ha sido, en quien las enseñanzas maternas han permanecido indelebles, no obstante, las vicisitudes de la vida y la obra deletérea del tiempo, acababa de acusar humildemente sus pecados a Dios en la persona del Ilustrísimo Señor Esteves, Obispo de Santa Marta“. Concluida la confesión sacramental Bolívar rogo al Prelado, que se sentase al modesto escritorio y trasladase al papel las palabras que iba a decir. El Pontífice empezó a escribir las frases entrecortadas por suspiros y lágrimas, que le fue dictando El Libertador: Colombianos! Habéis presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde antes reinaba la tiranía. He trabajado con desinterés abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado: mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia: Todos deben trabajar por el bien inestimable de la unión: los pueblos, obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los Ministros del santuario, dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares, empleando sus espadas en defensa de las garantías sociales. ¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. ¡Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajare tranquilo al sepulcro”

El augusto enfermo comprendió que estaba llegando para él la hora de la liberación. Cristiano había vivido, cristiano quiso morir. El Ilustrísimo José María Estevez Obispo de Santa Marta, lo confesó y le dio la absolución, que desliga en el cielo lo que el sacerdote desata aquí en la tierra. Al salir del aposento el Obispo exclamó conmovido: “”Alma grande, generosa y santa, destinada para el cielo” El Libertador al borde del sepulcro, vio por última vez sobre el corazón de un Obispo, la bandera de la patria estrechamente unida a los maternos brazos salvadores de la cruz. Bolívar dirigió luego sus ojos a la espada con que libertó a América, y que cerca de él reposaba como agobiada por el cansancio de los triunfos y la gloria, y advirtió entonces, que también la espada simula la sacra y sencilla figura misericordiosa de la cruz

Un grupo de generales y coroneles lo rodean, única reliquia de las antiguas muchedumbres de admiradores. Gente ruda, que mata cómo puede el ocio de la espera, contando anécdotas, recordando los días de aventura y expresando a su manera tosca de soldado, su dolor. Cuando el médico anuncio al General Mariano Montilla que El Libertador está condenado a morirse pronto, el bravo guerrero, montado en repentina cólera y dándose puñadas en la frente, prorrumpe en una palabra castiza, y al punto echa a llorar como un niño

“Vamos, muchachos…” Es Bolívar que rompe el silencio de la noche con los gritos de delirio ¡Patética obsesión del alma que quiere huir, ambiciosa de otros hombres más generosos, y siente que la tierra le hace con argolla invencible. “Vamos! …¡Vamos muchachos! ¡Lleven mi equipaje a bordo de la fragata!…”

Es verdad. Por fin ha podido El Libertador embarcarse en la veloz fragata que no retorna nunca. El 17 de diciembre de 1830, a la una del día, Simón Bolívar sale de viaje para la inmortalidad. Antes de alejarse, el cura de Matocos, esa humilde aldea de indios que estaba ahí al lado, le había tomado confesión, y le había puesto en las manos un crucifijo

Bolívar fue grande, creador e inmortal, no tuvo ni un solo momento de eclipse: él concluyó su carrera envuelto en todo el esplendor de su gloria. Él mandó y protegió a Colombia hasta el propio instante de exhalar su último suspiro, en San Pedro Alejandrino le estaban sumisas todas las autoridades, desde el Comandante general del magdalena, hasta el ínfimo funcionario de Santa Marta; a quien una escolta destinada para el Supremo Gobierno rendía los homenajes de guardia de honor, a quien se acudía de toda la nación, como un solo oráculo de Patria; cuya palabra escrita llevaba desde allí a todas partes, el dictamen salvador de los destinos de Colombia; el hombre en fin a quien en su muerte, se le hicieron oficialmente las exequias y funerales más pomposos que pudieran tributársele habida cuenta de lugares y circunstancias

Bolívar fue grande, creador e inmortal, desde cuando, todavía en la adolescencia soñaba con la patria libre en Roma y en París, hasta cuando, cumplida a cabalidad su misión providencial, se despidió en Santa Marta de este mundo, para vivir siempre como genio en la memoria de los pueblos. Porque no fue en 1828 ni en 1829, sino tras la fatídica fecha de 17 de diciembre de 1830, hoy hace 188 años, cuando pudo decirse, como efectivamente se dijo: “¡ Murió el Sol de Colombia! ¡ Sus rayos bienhechores dejan ya de alumbrar a esta tierra desgraciada! ¡¡¡Murió el Padre de la Patria, el ilustre Bolívar, y cien años de luto no son suficientes a demostrarle toda nuestra gratitud, todo nuestro amor, todo nuestro agradecimiento!!!”. *

*Proclama del General Ignacio Luque. Comandante de Armas de la Plaza y Provincia de Cartagena- 21 de diciembre de 1830

Alfonso Castro Escalante

Secretario General

Sociedad Bolivariana del estado Mérida

Biografiaría consultada:

El Libro de Oro de Bolívar. Discursos diversos. Caracas. Colección Libros revista Bohemia Tomos I y II Nro. 119. Año 1985